
La energía solar fotovoltaica espacial está cada día más cerca de convertirse en una realidad. De hecho, ya durante los años sesenta del siglo pasado se especuló con esta posibilidad, y se realizaron pruebas, demostrando que la tecnología era viable. Este interés se debió a que el primer uso real de la fotovoltaica fue la alimentación de los satélites artificiales. El proyecto se deshechó debido a la poca rentabilidad que ofrecía, y que este tipo de sistema tiene un coste elevado. Pero la necesidad de frenar el cambio climático y la creación de las emisiones de CO2 están cambiando las circunstancias, y el viejo proyecto se ha desempolvado. La tecnología existe: es necesario lanzar al espacio los modulos y demás componentes del sistema, montarlos y mantenerlos en órbita. Posteriormente, la electricidad generada se enviará mediante microondas a la Tierra, donde se descodificará para convertirlas en electricidad de nuevo. Las ventajas de esta tecnología es obvia: 24 horas diarias de suministro energético seguro. El inconveniente, también es obvio: el coste. Existen ya dos proyectos de lanzamiento, uno japonés, y el otro estadounidense, con el objetivo de hacer pruebas reales de campo. Las empresas saben que ahora esto todavía no es rentable, pero que la subida de los combustibles fósiles y del CO2 lo harán económicamente viable en no mucho tiempo. De momento, el ejército estadounidense ya se ha mostrado interesado por estos proyectos, porque recibir la energía desde el espacio tiene un valor logístico importantísimo en lugares aislados, como Irán o Afganistán.
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